Cristian Maturana

Huellas de uso

“Mi conciencia de la ciudad es, por dentro, mi conciencia de mí”

Fernando Pessoa.

Qué difícil escapar de apreciaciones personales al momento de hablar de muerte. Es que a veces molesta en demasía eso de formar parte de un fenómeno que acontece a cada uno de los congéneres. No es querer exclusividad, sino solamente evadir la propuesta personal e íntima que dicta el hablar de uno, de exponerse a través del acontecimiento común. Irrelevante opinión vs. relevante fenómeno, difícil esto de exponer.

Parece un imperativo el asunto de morir. No nos da elección posible. Pero dista en realidad de serlo, pues, a diferencia de un imperativo, posee lógica.

No se trata de plantearse como premisa el ilusorio “no moriré”, sino que de apelar a ese natural, reaccionario, inocente y brutal instinto nihilista de negar la orden, de cuestionarlo todo, de intentar destruir.

Cuando se nos ordena apagar una vela, debemos contar con que ésta esté efectivamente encendida. Es la condición la que rompe la imposición de la orden y, por lo tanto, su calidad de imperativo (la apago, pero con una sola condición…) Y es precisamente esta salvedad la que resta el carácter de imperativo también a la mismísima muerte, pues es ella la que envuelve de manera intrínseca la condición: tan sólo muere lo que ha vivido (me muero, pero con una sola condición…)

Se identifica a la muerte entonces como un sufijo, huella inequívoca de que algo vivió. Pero no es una señal exclusiva, sino que, por lo contrario, es posible de ser homologada con la infinidad de huellas que imprime el ejercicio de la vida y de sus principales características, las de habitar y desplazarse, punto y línea sobre la cartografía social. Huellas que homologan a su vez la experiencia y permiten, afortunadamente, referirnos a patrones de conducta comunes y, de ese modo, abandonar esa temida autorreferencia.

Porque es la huella la que diferencia la casa nueva de la usada, la que determina la singularidad de la experiencia frente a la inocencia, la que describe, en definitiva, nuestro tránsito diario, aquel viaje que va de la vida hacia la muerte. Esa muerte nuestra, vital y hermosa consecuencia.

Cristian Maturana. Antofagasta, Chile, 1979. Fotógrafo de profesión y ocupación. Ha desarrollado su carrera tanto en el área de la creación, llevando muestras de su trabajo a diversos museos y galerías de Chile y el extranjero, como asimismo en la docencia, al impartir clases en el Instituto Arcos y en el Taller Atacama, lugar donde es además impresor y marquista.

Fue miembro del colectivo Atacama Panorámica.

 

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